miércoles, 24 de octubre de 2012

Martha Nussbaum

No puede decirse que Nussbaum no predique con el ejemplo. Ha plasmado en numerosos compromisos sociales su convencimiento de que la filosofía debe estar al servicio de los seres humanos.

Su defensa de una reforma educativa que reavive el cultivo de las humanidades o su actuación como testigo pericial del caso “Evans-Romer”, ayudando con sus consideraciones sobre la cultura sexual de la Antigöedad a rebatir la II Enmienda de Colorado, que habría cancelado muchos derechos civiles de los homosexuales en dicho Estado, muestran la manera en que esta filósofa estadounidense, profesora de Derecho y ética en la Universidad de Chicago, entiende sus investigaciones sobre la filosofía antigua.

En esta línea se inscribe La terapia del deseo, un concienzudo trabajo sobre la concepción terapéutica de la filosofía en Aristóteles y en algunas de las principales escuelas helenísticas. Mas no se piense por ello que esta obra responde a la moda de reducción del quehacer filosófico a tareas de consultorio espiritual. La analogía entre medicina y filosofía planteada aquí tiene otro significado y alcance. No se trata de transplantar al presente instrucciones para la buena vida formuladas hace más de dos mil años y disponerlas, de modo acrítico, como un recetario, sino de reflexionar sobre una dimensión ético-práctica del pensamiento filosófico, oscurecida por la perspectiva teorética dominante en la modernidad, a partir de un estudio de los modelos helenísticos de filosofía como arte de vida.

El análisis del amor erótico y de la amistad, del deseo y la indiferencia son hitos de este recorrido, de sólida factura académica, en el que Nussbaum, por más que discrepe del punto de vista de Foucault acerca de las prácticas helenísticas del “cuidado de sí” como técnicas de producción del yo, comparte con él la idea de que toda esta vertiente terapéutica del filosofar posee un efecto liberador y desenmascarador de falsas creencias. Tampoco deja de reconocer las paradojas del ideal de desapego del sabio. Pero insiste en que el reconocimiento de que los deseos y valores se han formado socialmente y no son absolutos constituye un logro perdurable del estoicismo y del epicureísmo, que entronca con el ejercicio solidario de la filosofía como crítica de la cultura. 


martes, 23 de octubre de 2012

Dita Kraus bibliotecaria de Auschwitz


"Ni siento odio ni quiero vengarme"

Dita Kraus

Texto de Esteban Linés
Fotos de Gustavo Monge
Tenía apenas quince años cuando se le encargó cuidar de un tesoro en el campo de concentración: ocho libros que algunos prisioneros usaban para educar a los niños. Su historia se cuenta en La bibliotecaria de Auschwitz, que acaba de editar Planeta
Todo empezó con Antonio Iturbe, periodista cultural de dilatado recorrido y mayor curiosidad, que halló en las páginas de La biblioteca de la noche,un libro de Alberto Manguel, una breve referencia a una insólita, excepcional y minúscula biblioteca (compuesta sólo por ocho libros) que los judíos del campo de concentración de Auschwitz ocultaban de los nazis y sentían como el tesoro más preciado, a veces quizás más que sus propias vidas. De aquella referencia, Iturbe construyó un poderoso y emotivo libro, La bibliotecaria de Auschwitz, que acaba de editar Planeta y en donde se recrea esta historia verídica. A raíz de ese descubrimiento, el autor fue indagando durante casi un lustro hasta averiguar y descubrir una serie de pormenores: en el periodo comprendido por los años 1944 y 1945, en el campo nazi de concentración y exterminio de Auschwitz existió un bloque, el número 31, llamado en la terminología del lugar unKinderlager, en donde se apiñaban 521 niños que fueron escolarizados, educados y formados clandestinamente. Y en ese precario y casi increíble proceso educativo, desempeñaba un papel destacado aquella brevísima biblioteca portátil.

La apasionante experiencia pedagógica en el más amplio sentido del término tenía una columna vertebral en la persona de Freddy Hirsch (1916-1944), un maestro e instructor judeoalemán, que galvanizó y concibió aquel foco de dignidad y resistencia en medio de la barbarie. El carismático líder mantuvo a raya a los oficiales SS, y acabó muriendo en confusas circunstancias cuando iba a encabezar una revuelta de internos. Y otra protagonista, en este caso una adolescente checoslovaca llamada Dita Kraus (en el libro, Dita Adlerova), que se encargó de preservar, cuidar y proteger aquellos ocho libros entre los que se encontraban, según Antonio Iturbe, la Historia del mundo, de H.G. Wells; una Gramática rusa; los Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica, de Freud, una novela rusa sin cubierta y otros dos libros que Dita Kraus ya no recuerda y que Iturbe ha encarnado en Las aventuras del buen soldado Svejk, de Jaroslav Hasek, y El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. La historia de La bibliotecaria de Auschwitz, grosso modo, narra aquella vida en el infausto campo de concentración, su posterior paso por el de Bergen-Belsen y la liberación por parte de las tropas aliadas, con Dita superviviente y protagonista de una narración de sustrato histórico y ejemplar aliento moral. Un espíritu que sintetiza Iturbe recreando el primer encuentro en el campo de la muerte entre Edita Adlerova/Kraus y Hirsch: “Los valientes no son los que no tiene miedo. Esos son los temerarios, los que ignoran el riesgo y se ponen en peligro sin ser conscientes de las consecuencias. (…) A quien necesito es a los que tiemblan pero no ceden, los que son conscientes de lo que arriesgan y aun así siguen adelante”.

La labor detectivesca realizada por Iturbe para saber más de aquelKinderlager, acabó descubriendo que existía un libro ya editado y tituladoThe Painted Wall (La pared pintada), que versaba sobre el mismo asunto, y escrito por un tal Otto B. Krauss. La persona que se dedicaba a comercializar el libro se llamaba Dita… al igual que la bibliotecaria del bloque 31. A la incertidumbre, le siguió la emoción, luego la sorpresa y finalmente la alegría. Otto Kraus había sido uno de los instructores judíos que entretenía e instruía a los niños en aquella escuela volátil y, tras la liberación del campo, se acabaría casando con Dita, que se quedó con el apellido de él. Intentaron vivir en la Checoslovaquia nativa de ambos, pero al cabo de pocos años, el régimen comunista les empujó de alguna manera a buscar asentamiento definitivo en Israel. El libro de su marido –ya fallecido– se publicó hace unos años, pero apenas sin repercusión, y en ello está su viuda Dita, quien, octogenaria y con algún achaque, mantiene una energía ejemplar y durante un mes al año abandona su país de acogida para regresar temporalmente a su Praga natal.
Hay un tema que siempre aparece en la literatura basada en testimonios personales sobre las experiencias durante el Holocausto, en los campos de concentración. Y es que el mal es uno de los grandes protagonistas y, de tan presente, se convierte en algo cotidiano, normal, asumido. ¿Está de acuerdo?Si yo fuese a escritora o filósofa podría calificar al mal del Holocausto como protagonista de esta historia. Pero como soy una simple ciudadana del libro de Antonio Iturbe, el mal es el mal y me siento incapaz de entender cómo una persona puede desear perjudicar a otra persona.
En este mismo sentido, y aunque usted quizás no fuese consciente, ¿cómo se evita caer en ese embrutecimiento, en esa banalización del mal?La naturaleza tiene una manera de proteger a algunas personas y evitar que se embrutezcan ante un horror terrible, abrumador. En mi caso, me sentí como si mis emociones estuviesen recubiertas de hielo, de tal forma que el dolor permaneciese como adormecido, desafilado. Tuvieron que pasar los años hasta que los sentimientos se descongelasen, pero no acabo de estar del todo segura de que hayan regresado al estadio previo a todo aquello, al nivel anterior al horror.
Dita Kraus, en su casa de Praga, muestra fotografías de su familia. La imagen que señala es la de su marido
El ansia de seguir viviendo, día a día, que usted protagonizó a lo largo de esos años ¿de dónde salía? ¿No hay flaqueza, querer rendirse? ¿Cómo se evita el fatalismo?Alguien tan joven no renuncia a la vida. Excepto en un breve intervalo de tiempo, cuando, recién llegadas a Auschwitz, mi madre y yo decidimos que morir sería lo mejor, yo siempre creí y pensé en sobrevivir durante todo el tiempo pasado en los campos.

Su experiencia es extremadamente ejemplar, en primer lugar porque la ha podido contar. Pero ¿llegó un momento en que, viendo tanta muerte, tantos seres queridos fallecidos, que usted llegase a sentirse culpable por el simple hecho de seguir viviendo y otras personas no?Nunca me sentí culpable por seguir viviendo, por permanecer viva, mientras que otros morían. Fue por simple casualidad y suerte que continuase viviendo, y por eso sé que no hice nada conscientemente para que esa realidad fuese así.
Uno de los protagonistas de su experiencia en Auschwitz fue Freddy Hirsch, que fue el que, entre otras cosas, concibió la insólita biblioteca portátil durante aquellos tiempos de reclusión y terror. ¿Qué lección saca de seres humanos como él? ¿Qué aprendió usted?De todas las personas que estaban en el Kinderblock de Auschwitz, mis mayores respetos están dirigidos a aquellos jóvenes hombres y mujeres, incluyendo a Freddy, que hicieron desaparecer y superaron sus propios miedos a una muerte cierta en las cámaras de gas en aquel mes de junio, dedicando sus últimos días a los niños. Sus objetivos eran que las cortas vidas de los niños se viesen libres de preocupaciones todo lo que fuera posible en aquellas horribles circunstancias. El ejemplo de estos jóvenes fue la última muestra de heroísmo. Y lo raro es, como mi marido, Otto B. Kraus, que fue uno de ellos, escribió en su libro The Painted Wall, que el porcentaje de supervivientes entre los miembros responsables delKinderblock al final de la guerra fue inexplicablemente superior al del resto de los internos, a pesar de que ellos no fuesen ni más fuertes físicamente ni recibieran más comida que los otros.
Usted era muy joven, pero ¿le dio un motivo especial de fortaleza el hecho de pertenecer a una comunidad como la judía, resistente siempre ante las adversidades? ¿Era creyente consciente de su fe? Si así es, ¿le ayudó su fe?No éramos una familia religiosa. Nunca tuve fe en Dios, nunca recé, y nunca tuve ni he tenido hasta hoy mismo la ayuda de poder apoyarme en Dios.
En Auschwitz, en esa supervivencia diaria, ¿había sitio y tiempo para los sentimientos más personales, el enamoramiento, la ilusión de formar una vida en pareja, una familia? Por supuesto. En los campos todos soñábamos y hablábamos de volver a casa y continuar con nuestra vida normal una vez se hubiese acabado la guerra. Pero la cruda situación de estar esperando la próxima ración de sopa pronto nos devolvía a nuestra realidad.
Leyendo sus experiencias vividas y protagonizadas habría que decir que usted fue muy valiente, incluso audaz. Visto desde la distancia, ¿se hubiese comportado de la misma manera? ¿Hubiese hecho algo más extremo? Yo no me considero una valiente. Por favor, no olvide que no he leído el libro de Iturbe, porque desconozco el castellano, y sospecho que él me hace aparecer más valiente y más hábil y capacitada de lo que soy en la vida real. Me pregunta si llegada la ocasión o la coyuntura me hubiese comportado de una manera más extrema, más radical, y le tengo que contestar que no, que nunca. No va con mi carácter.
¿Su comportamiento como bibliotecaria hubiera sido imposible sin la educación recibida de niña: responsabilidad, lealtad, el trabajo bien hecho, o fue más bien una cosa espontánea?La educación que recibí no fue en ningún aspecto excepcional y en consecuencia no me había preparado para ser más responsable o leal que otros chicos de mi generación. La educación, tal como se entiende formalmente, acabó para mí en 5.º grado, cuando a los niños judíos se nos prohibió ir al colegio.
Un dibujo realizado por ella en el que aparece en la biblioteca de Auschwitz, con los ocho libros. La joven Dita, en 1942, justo antes de que fuera deportada con su familia al gueto de Terezin (Praga)
De su estancia en Auschwitz y Bergen-Belsen, ¿se sale con deseos de venganza, de tomarse la justicia por su mano. O, al contrario, con mayor comprensión y con ganas de que algo así nunca vuelva a pasar?Ni siento odio ni tengo un deseo de revancha o de venganza. He conseguido disociarme de todo lo alemán, he procurado no comprar ningún producto alemán (sin éxito) y no ir nunca de vacaciones a Alemania y Austria.
En los meses anteriores a su llegada a Auschwitz, su vida y la de su familia fue cambiando de modo radical por el hecho de ser judíos. ¿Lo vivía como una cosa transitoria, sabía por qué se producían aquellos cambios en su mundo? ¿qué le decían sus padres? Perdone la pregunta, pero, si llega un momento en que usted es consciente de que todo eso le está pasando por ser judía, ¿no pensó: ‘Ojalá no fuese judía y así me habría evitado todo esto’?Sí, ser judía es una carga. El antisemitismo ha acompañado al pueblo judío desde los comienzos del cristianismo. En muchas ocasiones, en mi juventud, deseé no ser una judía. Lo sentía, y lo sigo sintiendo aún hoy, como algo muy injusto.
Tras el fin del Holocausto y su vida rehecha en Checoslovaquia, casada y con proyectos ilusionantes, las dificultades volvieron. ¿Había antisemitismo en las autoridades comunistas que gobernaron Checoslovaquia en aquellos años?Cuando abandonamos Checoslovaquia en 1949, el antisemitismo aún no se sentía con fuerza en el nuevo régimen comunista. En aquella época los comunistas todavía apoyaban a Israel, enviaban armas y entrenaban a nuestros pilotos, debido a que ellos pensaban que Israel podía convertirse en un satélite soviético como ellos mismos lo eran.
El Israel al que usted llegó era una nación de pioneros, con ideas políticas y sociales muy marcadas por el éxodo y los países de origen. Ha vivido la evolución de su país y la de su entorno, democracia, fanatismo, racismo, islamismo radical. ¿Tiene alguna solución para acercar posturas tan enfrentadas? ¿Es pesimista?¿Si soy pesimista? Sí. No puedo imaginarme una solución del conflicto árabe-israelí. ¿Puede alguien preverla?
Usted sigue pasando cortas temporadas en Praga. Ahora, la República Checa es un país integrado en la Unión Europea… ha visto su país bajo tres regímenes radicalmente distintos, ¿con qué se queda?Mis sentimientos hacia la República Checa ahora mismo son una mezcla. Como para la mayoría de las personas que abandonaron su país por una u otra razón, yo me siento totalmente en mi casa tanto cuando estoy en mi antigua como en mi nueva casa. Soy una trasplantada sin raíces.
¿Tenía o tiene sueños sobre aquellas traumáticas experiencias? y, una última pregunta, ¿está cansada después de todo lo que ha visto y, sobre todo, vivido?Usted me pregunta si estoy cansada. No, todavía tengo proyectos y planes que quiero llevar a cabo, especialmente haciendo todo lo posible para dar a conocer los libros de mi marido, Otto, que aún no han alcanzado el reconocimiento que se merecen.

sábado, 13 de octubre de 2012

La utilidad de la filosofía


La utilidad de la filosofía

“Vivimos en un clima político histérico. Necesitamos de la filosofía con la misma urgencia que la Atenas de Sócrates”, dice Martha C. Nussbaum.

En vísperas de recoger el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2012, la pensadora estadounidense habla en esta entrevista de sus creencias religiosas, sus preocupaciones sociales y su pasión por el canto

Archivado en:

 
No contestaré correos electrónicos durante el Rosh Hashana [Año Nuevo judío que suele caer a comienzos del otoño]”. Los correos electrónicos de Martha Craven Nussbaum son precisos, directos, sin concesiones a rituales sociales. Reconocida como una de las grandes filósofas actuales, profesora de Derecho y Ética en la Universidad de Chicago, autora de más de dieciséis libros (la mayoría, editados en español por Paidós) sobre filosofía griega y latina, derechos de las mujeres, filosofía política, religión e igualdad entre los humanos, Martha C. Nussbaum va al grano cuando se instala ante el ordenador. El próximo día 26 recogerá en Oviedo, de manos del príncipe Felipe, elPremio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2012, un galardón que la ha dejado “increíblemente sorprendida, honrada y encantada”, porque, “aunque estoy al corriente de que mis libros se han publicado en España, y hay algunos jóvenes que han escrito sobre ellos, no era consciente de que se me apreciara tanto”, dice en esta entrevista realizada mediante cuestionario electrónico.
PREGUNTA. Su currículo es apabullante. Da clases, conferencias, participa en seminarios en todo el mundo, escribe libros. ¿Qué hace para relajarse de tanta tensión laboral?
RESPUESTA. Soy cantante aficionada. Canto una hora todos los días y doy recitales con cierta frecuencia. También me gusta correr. Y, sobre todo, me encanta estar con mis amigos, que son de lo más variado.
Martha C. Nussbaum nació en 1947 en Nueva York, hija de un abogado y una decoradora de interiores que dejó el trabajo para cuidar de sus dos hijas. Se educó en un colegio de Bryn Mawr (Pensilvania), un lugar que ella misma ha calificado de “elitista y esnob”. Su decisión de luchar contra las desigualdades surgió, cuenta, como una reacción a ese ambiente. Aunque no solo.
“Una de las cosas que me abrió los ojos a la realidad fue un viaje de intercambio estudiantil que hice, un verano, en el que estuve viviendo con una familia obrera, en Swansea, en el sur de Gales. Aprendí lo que es de verdad vivir en la pobreza. No me pareció ni romántico ni atractivo. Estaba siempre triste y aquello tenía poco que ver con mis sueños, porque la pobreza mata las aspiraciones y te quita las ganas de vivir”.
“Hay todavía un abismo en términos de mortalidad y educación entre los sexos en muchos países del mundo”
La aspiración inicial de la joven Martha era ser actriz. Y para ello ingresó en la Universidad de Nueva York, donde estudió Clásicas y Arte Dramático. Durante dos años se dedicó a la interpretación, como actriz profesional. “La experiencia me sirvió para ver mundo, conocer a un grupo más amplio de personas y explorar mis emociones. Todavía hoy me gusta mucho actuar, aunque, como le decía, cantar me gusta más”.
Nussbaum continuó sus estudios en la Universidad de Harvard donde descubrió, de pronto, su pasión por la filosofía. En esa prestigiosa institución se doctoró en la materia, a mediados de los setenta, y dio clases, ya casada (de hecho mantiene el apellido de su esposo, Alan Nussbaum, del que se divorció en 1987) y con una hija, Rachel, hoy profesora de universidad como ella. Nussbaum ha contado que Harvard era una verdadera prueba para mujeres en sus circunstancias.
P. ¿Ha mejorado la situación en las universidades estadounidenses?
R. Ha mejorado muchísimo en dos de los aspectos que yo contaba: el acoso sexual está muy vigilado, y es más raro, aunque no tanto como debería, y tanto padres como madres disponen de atención para los hijos. Además hay una voluntad mayor por parte del cuerpo académico masculino de compartir las tareas domésticas y el cuidado de los hijos. El ambiente es mucho mejor en ese aspecto que el de los bufetes de abogados al que están ligados muchos de mis alumnos. En ese mundo, las jornadas largas hacen imposible conciliar la vida familiar y el trabajo, por eso se ha perpetuado un sistema de dos velocidades en el que las mujeres son las que tienen trabajos a tiempo parcial.
P. Pero las mujeres empiezan a ser promocionadas por el hecho de serlo y a beneficiarse de políticas de discriminación positiva. ¿O son, a menudo, medidas puramente cosméticas?
“Los estudios humanísticos son fundamentales para la forja de un saludable sistema democrático”
R. Las actuaciones de afirmación, como las llamamos en Estados Unidos, son necesarias. Las más urgentes son las que sirven para crear espacios de auténtica y completa igualdad de oportunidades. Lo que significa intervenir pronto en la educación de las jóvenes y ofrecer incentivos a los padres para que las alimenten bien y las envíen a la escuela —hay todavía un abismo en términos de mortalidad y educación entre los sexos en muchos países del mundo—. Al mismo tiempo, hay que adoptar políticas que faciliten que el potencial femenino sea respetado y cultivado, lo que incluye medidas adecuadas para el cuidado de niños y ancianos, una carga que recae sobre las mujeres en todo el mundo. En estos casos, esas actuaciones, lejos de ser mera cosmética, son cuestión de vida o muerte. Y si se diera el caso de que otras lo son, habría que denunciarlo.
Nussbaum trabajó, a partir de 1986, con el premio Nobel de Economía Amartya Sen en la iniciativa sobre capacidades, un enfoque diferente para medir el desarrollo de un país, en el centro de Naciones Unidas (UNU-WIDER) dedicado a la investigación en desarrollo económico.
P. ¿Qué significó para usted recibir esa invitación de Amartya Sen?
R. Eso es incorrecto, Sen no me llamó. Fue el director del instituto, Lal Jayawardena, el que me invitó a presentar una propuesta de proyecto para ligar desarrollo económico y filosofía. Yo dirigía ese proyecto, mientras que Sen dirigía otros en el área de pobreza y nutrición. Él había desarrollado ya esa perspectiva de las capacidades. Lo que yo hice fue ocuparme del aspecto filosófico. Fue una experiencia que me abrió los ojos sobre la importancia de los problemas de desigualdad, y me puso en contacto con gente de todo el mundo interesada en el tema.
Nussbaum detalla con detenimiento este enfoque en su último libro publicado en español: Crear capacidades. Propuestas para el desarrollo humano (Paidós). En él, hace un análisis del desarrollo social y económico, que lejos de estar basado en los habituales indicadores económicos, como el producto interior bruto o la renta per capita, tiene en cuenta los medios que pone un Estado al alcance de sus nacionales para que desarrollen las capacidades que cada ser humano encierra, y que ella resume en un decálogo. Lo que mediría el verdadero desarrollo, por tanto, sería que la gente disfrutara del derecho a la vida (“a una vida de duración normal, sin muerte prematura”, especifica la autora), a la salud física, a la integridad física (“estar protegidos de los ataques violentos, incluidas las agresiones sexuales y la violencia doméstica”), o del derecho a poder usar “los sentidos, la imaginación, el pensamiento y el razonamiento de una forma verdaderamente humana”. El decálogo incluye también “el poder vivir una relación próxima y respetuosa con los animales, las plantas y el mundo real”.
“La posición de las mujeres en el judaísmo nunca ha sido más sólida. Mi rabino y mi cantor son mujeres, yo misma celebro servicios religiosos”
¿Cuándo se podrá aplicar todo esto, especialmente si lo contemplamos desde un escenario de crisis económica que está destruyendo el Estado de bienestar? “Son propuestas para el futuro”, responde Nussbaum. “Ninguna nación las ha aplicado todavía por completo. Pero si conseguimos un consenso internacional para que sean consideradas derechos humanos fundamentales, podremos lograr que lo sean en algún momento”.
Como apasionada de la filosofía y las humanidades, Nussbaum se ha quejado públicamente de la obsesión por los estudios técnicos, en todo el mundo, y de la afición de los estudiantes a escoger especialidades en función del dinero que se pueda ganar ejerciéndolas. “No tengo el menor problema con las carreras técnicas, no obstante, soy partidaria del sistema educativo en el que todos los alumnos estudian unas materias comunes. Aparte de que ya sabemos que en este mundo de economía cambiante, las humanidades les interesan mucho a los licenciados en Derecho, Medicina y Negocios, porque proporcionan la clase de visión flexible requerida en la nueva economía. Por lo tanto, licenciarse en Filosofía tampoco le impide a nadie encontrar un trabajo”.
Para Nussbaum, los estudios humanísticos son fundamentales además en la forja de un saludable sistema democrático. “Son materias que nos aportan información sobre el mundo en el que vivimos”, dice. Y de entre ellas destaca la filosofía. “Como ya lo vio Sócrates, la filosofía tiene una capacidad única para producir una vida examinada, es una fuente de razonamientos y de intercambio de argumentos. Nuestro clima político actual es histérico, dado a las invectivas más que a los argumentos. Necesitamos de la filosofía con la misma urgencia que la Atenas de Sócrates”.
P. En su libro colectivo Los límites del patriotismo, alerta de los riesgos del excesivo patriotismo. Parece que la cuestión sigue siendo fundamental para los políticos. En la campaña electoral de Estados Unidos se está viendo un recurso constante al patriotismo hasta en los demócratas. ¿Qué opina al respecto?
R. La verdad es que mi visión del patriotismo ha cambiado mucho, pero tendrá que esperar a que salga mi nuevo libro (Political emotions: Why love matters for Justice) el año que viene. Básicamente, estoy de acuerdo con Mazzini [político y activista italiano del siglo XIX que luchó por la unificación de Italia] y otros patriotas, para quienes un patriotismo bueno, inspirado en los valores positivos, es esencial para motivar a la gente en proyectos que requieren de nuestros sacrificios por el bien de los demás.
P. Se convirtió usted al judaísmo hace años. La reputación de esta religión se ha visto empañada por la actitud de los judíos ortodoxos en Israel. ¿Qué papel reserva a las mujeres?
R. No veo cómo puede verse empañada una religión por la mala conducta de sus miembros. No creo que los cristianos del mundo tengan que disculparse a diario por las opiniones sobre la mujer que mantiene el Opus Dei. El judaísmo ortodoxo tiene diferentes variedades, y algunas de ellas han mantenido durante mucho tiempo visiones criticables sobre las mujeres, por eso se produjo la reforma del judaísmo en el siglo XIX, con la vista puesta en una religión que mantuviera de verdad la ley moral y la dignidad humana. Es una religión totalmente aparte, con seminarios rabínicos distintos y una teología totalmente diferente. En estos momentos, en Estados Unidos, más de la mitad de los rabinos reformados y “conservadores” (y lo pongo entre comillas porque son también bastante liberales) son mujeres, y estas dos denominaciones no ortodoxas, muy similares, representan el 90% de los judíos americanos. Y son dos de las denominaciones más progresistas en la vida religiosa de Estados Unidos. La posición de las mujeres en el judaísmo nunca ha sido más sólida. Mi rabino y mi cantor son mujeres, yo misma celebro servicios religiosos, canto y predico. La verdad es que el problema actual es reclutar hombres con talento para el rabinato reformado”.